Anaquel


Pasiones argentinas II

 
De la historia de ambas pasiones (vino y tango) hay mucho para contar. La saga del vino fue creciendo y la llegada del tren a Buenos Aires, trayendo los toneles de vino argentino, fue desplazando al español Carlón.
 
Coincidente con la época, el tango salió de los burdeles y pasó a los cafés llamados Academias –en un principio los salones de la colectividad negra donde se bailaba-, nombre que luego derivó a bares donde, no solo se escuchaba tango, sino que los clientes podían sacar a bailar a las camareras. También estaban las llamadas Casas de Baile, que se alquilaban para fiestas con el servicio de música, mozos y mujeres, éstas solo para bailar y estaban diseminadas a lo largo de las Avenidas Jujuy y Pueyrredón.  
 
Los niños “bien” con dinero y padres que los bancaban, frecuentaban lugares como lo de Hansen, teatros de variedades y cafés-concert. Pero no solo bebían (seguramente champagne, vinos caros y pernod) sino que provocaban escándalos. Eran “la juventud dorada” y un tanto ¡desaforada!. Pero no siempre salían bien parados de las trifulcas, ya que los matones locales podían ser muy bravos. Lo de Hansen tuvo varias “estrellas”, una es la famosa Rubia Mireya o el bailarín apodado El Cachafaz. La Mireya figura en un tango “Tiempos viejos” con música de Canaro y la han retratado en dos películas interpretadas por Mecha Ortiz: Los muchachos de antes no usaba gomina y La Rubia Mireya.
 
Un lugar emblemático de aquellos tiempos -1913 –el Armenonville- fue el escenario del lanzamiento de un nuevo cantor que daría fama al Tango en el mundo: Carlos Gardel, el morocho del Abasto.

Las letras de tango comienzan a hablar de sentimientos ligados al vino, compañero de penas de amor, de la nostalgia de la tierra abandonada por el inmigrante en pos de un ideal, que se refleja en varios tangos como “La violeta” con letra de Nicolás Olivari: “Con el codo en la mesa mugrienta / y la vista clavada en el suelo, / piensa el tano Domingo Polenta / en el drama de su inmigración. / Y en la sucia cantina que canta / la nostalgia del viejo paese / desafina su ronca garganta / ya curtida de vino Carlón”.

O en “Tinta Roja” de Sebastián Piana y Cátulo Castillo, que nos contaba: “Y aquel buzón carmín, / y aquel fondín / donde lloraba el tano / su rubio amor lejano / que mojaba con bon vin”.
 
Jorge Luis Borges y el sociólogo uruguayo Daniel Vidart, coinciden en que la inmigración italiana le otorgó esa melancolía al tango cuando habla de desilusión y la tristeza que asoma, como en “El vino triste” de 1939, de Juan D'Arienzo y Manuel Romero: “Dicen los amigos que mi vino es triste, / que no tengo aguante ya para el licor… / Amigos, / cuando se tiene un pesar / dentro del corazón, / no se puede evitar / que el vino se vuelva / pesado / y llorón / como el triste aletear de mi canción”.
 
Otro ejemplo está en Mi Noche Triste de Pascual Contursi y Samuel Castriota. Sus versos que dicen: “Que vos eras mi alegría / Y mi sueño abrasador / Para mí ya no hay consuelo / Y por eso me encurdelo / Pa´ olvidarme de tu amor”.
 
En “La última curda” de Cátulo Castillo, el protagonista afirma: “Ya sé que me hace daño / Yo sé que te lastimo / Llorando mi sermón de vino / Pero es el viejo amor / Que tiembla, bandoneón y busca en el licor que aturda / La curda que al final termine la función / Corriéndole un telón al corazón”.
 
En “La Última Copa” de Juan Andrés Caruso y Francisco Canaro se dice: “Hoy me emborracho por ella / Y ella quien sabe que hará / Eche, mozo, más champán / Que todo mi dolor / Bebiendo lo he de ahogar...”
 
El tangazo “Bien Debute”, ejemplifica la pena, los autores Norberto Aroldi y Juan José Paz hacen decir al protagonista en su letra: “Dicen que atorro de vicio / Que soy un vago “a la gurda” / Y que le pego a la curda / Pa´ borrar un metejón”
 
O entre tantas otras canciones donde se mezcla el tango y el vino, el abandono  y el amor. “Una Canción” de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo nos cuenta “Y en el frío de esta mesa / Vos y yo: los dos en curda... / ¡Los dos en curda!... / Y en la pena sensiblera / Que me da la borrachera / Yo te pido, cariñito, / Que me cantes como antes / Despacito... despacito... / Tu canción una vez más...”. Y si buscamos un final a toda orquesta y a todo vino, lo encontramos en un bello tango “Los mareados”, de Cobián y Cadícamo: “Esta noche / Amiga mía / El alcohol nos ha embriagado / Que me importa que se rían / Y nos llamen los mareados / Cada cual tiene sus penas / Y nosotros las tenemos / Esta noche beberemos / Porque ya no volveremos / A vernos más”.