Anaquel


Pasiones argentinas

 
Hay varias y son fuertes, como el fútbol, asado, vinos y tangos. Y sobre estas dos últimas es que me detengo. El bon vin ha sido compañero del melancólico tango donde en sus letras predomina el desencanto, el abandono, el amor y la bohemia. Herencia española quizá, que nos llega desde los cuplés, o también las canciones de las “tunas o estudiantinas” que mezclaban amores y bebida, diversión y galantería. Quien no recuerda aquello de “el vino que vende Asunción, no es blanco ni es tinto ni tiene color… Asunción, Asunción dame un poco de vino Carlón…”
 
El vino nos  llega con la conquista. Los curas trajeron en sus alforjas, justamente el clásico y popular Carlón, más unos vinos dulces para la misa y algunas “estacas” para plantar en la nueva tierra. El Carlón era un vino popular de la zona de Benicarló (Valencia) -de ahí el nombre- que se elaboraba con uva garnacha y garnacha tintorera. También le añadían un extra de mosto concentrado. Para que fuera no solo más fuerte sino más longevo. Es decir que se trataba de un tinto, potente, color azulado con unos 15 o 16 grados de alcohol. Este Carlón se bebió en nuestra tierra (muchas veces rebajado o bautizado con agua), hasta el 1900. Por supuesto que en las pulperías y cantinas. La sociedad económicamente mejor posicionada bebía buenos caldos importados. Hasta que se comenzó a elaborar vinos en Cuyo.  
 
En el 1900 también el tango se posicionaba en los “piringundines”. Tango, una música para bailar que si bien tenía algo de gitano, algún toque habanero, también de música afro, aunque sobre ésto hay controversias.
 
Por ejemplo Horacio Salgán, afirma “que jamás un instrumento de percusión integró los conjuntos iniciales del tango”. Pero según Blas Matamoro, ésto no era todo y sí la música tanguera recibió muchas influencias. El antropólogo francés Maurice Lois ("Le folklore et le danse" París 1963) le da la razón y nos baja el ego y el orgullo de ser los autores del tango como danza y música, cuando afirma que “ningún país puede vanagloriarse de poseer una danza que le sea propia, es decir que no existe una danza específicamente nacional”. Bueno igual sigamos como si no lo hubiera dicho!!! En  Caras y Caretas  revista (7 de febrero de 1903) un artículo titulado "El Tango criollo" adjudica al inmigrante italiano acriollado y vecino del barrio de la Boca, ser el más fiel cultivador del tango argentino desde sus orígenes. Y es posible. La zona puerto era un mix de inmigrantes –tanto llegados del exterior como del interior- por ejemplo los soldados criollos que, “sin ocupación luego de las guerras americanas (Triple Alianza, contra Peñaloza, Perez Jordan, los Varela) llegaban a los barrios de La Boca, Palermo, Los Corrales etc., y visitaban sus prostíbulos o quilombos y bares. Y como estos lugares y sus parroquianos requerían música, el tango entró y se quedó.

Los campamentos militares también organizaban bailes, los días de paga y se bailaba Tango; los que se escuchaban no tenían autores conocidos, eran  anónimos, sea por improvisaciones del momento o por cierta vergüenza de sus autores que así lo preferían. El tango firmado, más antiguo que se conoce se lo adjudican allá por 1896 a  Rosendo Mendizabal y es El Entrerriano.

A todo esto el vino y la ginebra corrían por igual. La clase alta bebía los vinos españoles Marqués de Riscal, los de Ribera del Duero y Rioja, los de Jerez, Málaga y Montilla.
 
Si se trata de los argentinos, vemos que la historia comienza, según nos contó el salteño Raúl Dávalos (Tacuil) -ex propietario de la Bodega Colomé- en Salta. Colomé se creó en el año 1831, siendo su fundador el gobernador español de Salta, Nicolás Severo de Isasmendi y Echalar. Luego en 1854, su hija Ascensión, quien casó con José Benjamín Dávalos, introdujo en Colomé las vides francesas Malbec y Cabernet Sauvignon pre-filoxera. Colomé perteneció a las familias Isasmendi-Dávalos a lo largo de 170 años. Luego en 2001, fue comprada por el suizo Donald Hess. Está situada en el Alto Valle Calchaquí y sus cuatro fincas  limitan casi con el cielo, ya que van desde 1.700 hasta los 3.111 m/s mar. Pero Don Dávalos conserva su exclusiva bodega Tacuil, algo más alta aún.
 
Si nos vamos hacia Mendoza, leemos que en 1880, Don Miguel Escorihuela Gascón llegó a la  Argentina proveniente de Aragón y cuatro años después ya había comprado tierras y comenzaba su bodega, Escorihuela (se dice que uno de sus legendarios vinos, el Pont L'Eveque, fue el favorito de Juan Domingo Perón). Otra bodega antigua es La Rural,  fundada e inaugurada a fines del siglo XIX por el italiano Felipe Rutini (nombre también de uno de sus más famosos vinos). Los López llegaron en 1898 y hoy sigue siendo una bodega confiable, buenos productos y en manos de la familia. Los Arizu, hoy conocida también por sus vinos Luigi Bosca, con Balbino Arizu a la cabeza, alquilaron en 1887 una bodega a Ramón Quiroga. En 1888 organizaron la sociedad Arizu Hermanos, cuyo capital inicial fue de 5.000 pesos. Ese año elaboraron 400 cascos de vino. Y así podríamos seguir el camino de las bodegas más antiguas que fueron fundadas en Mendoza y también en San Juan por italianos y españoles.