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entrevista a Luis María Hermida acerca de Publicidad y Vino
A fines de 2007 tuvo a su cargo la presentación del nuevo comercial ("Brindis") de la campaña de comunicación genérica para el mercado interno "Vino argentino. Un buen vino".
Esta campaña de alcance nacional, que coordina el Fondo Vitivinícola Mendoza, está enmarcada en el Plan Estratégico Argentina Vitivinícola 2020, que agrupa a los principales actores del sector.
Además de lo que sucede en el mundo del vino, ¿qué otros antecedentes de campañas de comunicación genérica hay en el mercado publicitario argentino?
En nuestro medio, el recurso de la comunicación genérica reconoce, además de las campañas de vino, varios antecedentes a través del tiempo. Para estimular el consumo de leche ("Tome salud, tome más leche", 1964), de manteca ("Energía en acción. Su vida necesita manteca", 1966), de manzana ("Protección de la salud a toda pulpa", 1967), de yerba mate ("Pare y tómese un mate", 1970), de pescado y de azúcar, entre las más recordadas.
¿Es habitual que en las campañas genéricas se aglutinen tantos actores de un sector (bodegueros, productores, proveedores, entidades públicas y privadas, etc.)?
Sí, pero en mucha menor escala porque, a diferencia del vino, otros sectores involucran a menos actores directos y de peso en el negocio.
¿Qué cambios sustanciales se han producido en la comunicación de vinos desde aquella campaña de Crespi hasta nuestros días?
Muchos. Si pensamos en niveles de producción, estética, códigos y hábitos de conducta; y quizás no tantos hablando conceptualmente. Para entender mejor lo que digo, a aquella campaña de Crespi ("Escarpines") y la última de Navarro Correas ("Erres") las separa un abismo tecnológico y cultural de 40 años; sin embargo, la distancia conceptual, más allá del recurso utilizado (emoción vs. humor), es marcadamente menor. Lo mismo podría decirse del "regreso" publicitario de algunas marcas, después de larga ausencia, como Termidor, con "Una pasión argentina", intentando recuperar la tradición de fuerte vínculo entre la marca y el país que supo tener Peñaflor; o como Toro, con avisos en que los protagonistas reclamaban el derecho a ser llamados por su nombre, retomando el viejo slogan de "Al pan, pan…".
Usted sostiene que es posible comprender las distintas épocas de la sociedad argentina a partir de las publicidades de vinos. ¿Cuáles son los principales paradigmas que se pueden establecer a partir del análisis de la comunicación de vinos?
No hay, en la historia publicitaria local, producto más estrechamente vinculado a la identidad nacional que el vino. Por muchas y muy diversas razones. Durante muchos años, junto con la publicidad de autos y de cigarrillos, sus mensajes conformaron un reservorio de valores profundamente asociados a nuestra idiosincrasia.
En el caso particular del vino, siempre se trató de un producto ligado comunicacionalmente al rito de la mesa
familiar y a nuestras costumbres.
Asociado a valores como la amistad, la familia, los afectos, el compartir y la alegría. En tal sentido, no es casual que la "retirada" del vino de la tanda coincidiera con la caída del consumo (y/o pérdida a manos de la cerveza y las gaseosas), el deterioro de los ingresos, los profundos cambios de hábitos, la decadencia de aquel modelo de "mesa familiar" y el éxodo masivo hacia hábitos más saludables impulsados por la avasallante "cultura light".
¿Se puede establecer un perfil de consumidor para cada época?
Más que de un perfil de consumidor habría que hablar de perfiles de consumo, puesto que no es que el vino ha cambiado de
consumidores, sino que han variado los hábitos de consumo.
Se toma de diferente manera, en diferentes situaciones y con distintos valores agregados. En las décadas de los '60 y '70, el vino ocupaba el prime time de las tandas comerciales; un espacio que fue perdiendo con el tiempo.
¿Se puede establecer alguna relación entre la caída del consumo y esta paulatina desaparición del vino como anunciante principal?
Sí claro, existe una relación directa entre ambos fenómenos.
La fuerte ofensiva comunicacional de otros tipos de consumo y de hábitos presuntamente más saludables, fue un desafío al que el vino no supo, no quiso o no pudo hacerle frente.
El desarrollo y crecimiento de los vinos de alta y media gama en los últimos veinte años, a caballo de una cultura gourmet incontenible, resultó inversamente proporcional a la disminución de los de baja gama que, al constituir el 70% del volumen general, son clave para hacer sustentable el negocio.
En ese proceso de "conversión", mal entendido, el vino dejó así de ser uno de los motores fuertes del escenario publicitario y pasó paulatinamente a integrar la lista de las categorías publicitarias "en extinción", junto a las de cigarrillos, whiskies y relojes.
En su opinión, ¿los medios masivos, especialmente la televisión, son la herramienta ideal para comunicar el vino?
Depende de qué vino se pretenda comunicar. Se trata de un producto de espectro muy amplio como para instrumentar su comunicación de una sola manera.
A comienzos de los '80 se consideraba al vino una categoría poco compleja y relacionada con lo cotidiano; diez años después la cosa cambió. Y mucho. Hoy es una categoría muy compleja que requiere de estrategias muy segmentadas.
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