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Encuentro con el vino

Hoy resulta casi indispensable conocer lo que sucede acerca del mundo de los vinos. Es un "touch" que añade puntos a nuestro placer –es buenos saber acerca de lo que se bebe- y a la cultura general. Por algo somos el cuarto productor de vinos del mundo. Y nuestro Malbec da la vuelta al orbe como el mejor. Pero también porque indudablemente forma parte de nuestra herencia, española e italiana sobre todo.
 
Entonces, hay cosas que es interesante refrescar o aprender y sobre todo practicar. Relacionarse con el vino, conocerlo, desentrañar sus secretos, aprender su lenguaje y por supuesto disfrutarlo en su justa medida…
 
¿Y de qué hablamos cuando hablamos de vinos? De una bebida natural, sana y compleja por sus aromas y sabores. ¿Y entonces? ¡Refresquemos conocimientos! Si tomamos la copa (siempre por el tallo) y miramos, sabremos si un vino es joven o entrado en años, por ejemplo. Los blancos jóvenes son claros, límpidos, alegres. Los maduros, suelen oscurecer tirando adorado intenso y si los años pesan, a cierto tono ajerezado (que coincide con el olfato y el gusto).
 
Los rojos o tintos jóvenes son oscuros, pero con la vejez se aclaran tirando a amarronarse (son los antocianos que se precipitan).
 
Cuando acercamos la copa a la nariz lo más importante es oler… ¡¡¡a Vino!!! Luego hilando más fino una primera inspiración en un vino joven nos depara alcohol, más un tono frutal. Si movemos la copa en redondo para que el vino tome oxígeno y aspiramos nuevamente encontraremos mayor fruta, algo de madera –si ha pasado por barrica o por chips-. La tercera inspiración nos depara mayor complejidad –si la hay, cosa no probable en la juventud-.
 
En un vino maduro, en la segunda "nariz" podemos encontrar o madera con sus descriptores de vainilla, banana, cuero, coco etc, o frutas maduras. La tercera vez que aspiramos ya hallaremos realmente complejidad. Una suerte de mezcla aromática que llena el alma. El llamado bouquet es una síntesis de esos aromas profundos y sabores amables y sabrosos.
 
En cuanto a los sabores, los vinos jóvenes por lo general tienen taninos marcados, son briosos y frescos. Los blancos suelen tener una cuota de acidez que los hace muy agradables para beberlos fríos (nunca helados) y con algunos bocados de pescado, quesos suaves o bien un sushi, unas tartas, unas ostras. Los tintos son vinos para acompañar comidas, asados, guisos, salsas picantes, como las peruanas o mexicanas, pizzas o bien quesos. 
 
Los vinos evolucionados, son más suaves, sedosos –redondos, decimos- cordiales, ideales para fomentar la conversación, una sobremesa con amigos, distendida y amable. Pueden combinarse con quesos maduros o postres con chocolates. Y también, si se animan, con un buen cigarro.
 
En cuanto al dilema ¿abrir la botella antes  o decantar? ¿Si o no? Hay opiniones encontradas. Los vinos muy jóvenes, ganan si se los abre un rato antes porque de esta forma el alcohol muy presente se evade un poco. Entre los maduros, pueden ganar al oxigenarse una hora aproximadamente. En los vinos muy añejados, de guarda, si se destapan un largo rato, hay veces que se pierdan sus reales aromas. Suficiente con una media hora. Y consultar la contra-etiqueta, que seguramente nos proporcionará algunos datos interesantes.
 
Y ahora, a servirlo en la mejor copa, una de puro cristal, panzona para que el vino pueda bailar y airearse en los tintos, o la estilizada aflautada para los blancos. También puede ser una de aquellas que las abuelas guardaban en la vitrina de puertas de vidrio, que seguramente es de delicado cristal. En ese caso utilizar la que estaba destinada al agua, que siempre es más grande. Para probarlo, 1/3 de la copa. Luego llenarla hasta la mitad o sus  2/3 partes.  Y ahora ¡a disfrutar!